D. Abdón Sánchez-Herrero (1851-1904)

Catedrático de Patología Médica y precursor del hipnotismo y la psico-terapia



ANECDOTARIO
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Voy ahora a contar un detalle de la vida escolar de mi abuelo, tan instructivo como tierno: por la pobreza de su hogar, muchas veces no pudo comprar libros de texto y tenía que estudiar sus lecciones valiéndose de apuntes tomados en cátedra y acudiendo a la biblioteca de la Universidad. Incluso, por la misma razón de falta de dinero para adquirir velas, estudiaba a la luz de los soportales de la Plaza Mayor de Salamanca.

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Según su palabras “Investigador que no escribe es semejante a nube sin agua, árbol sin fruto, niña sin muñeca o mujer sin hijo”.

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Desde la época de estudiante tuvo la costumbre de componer todos sus escritos a las altas horas de la noche, porque estimaba que entonces, en la soledad y el silencio, concentraba y expresaba mejor su pensamiento. Pero este hábito resultó funesto por el déficit de descanso del organismo, ya que sustraía horas de sueño;  el practicarlo durante largos años, fue la causa de su última enfermedad que le llevó a la tumba.

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De sus tiempos de estudiante conservo una anécdota sobre el robo y recuperación de su sombrero. (Es un recorte de periódico que figura en el índice de documentos al final del presente trabajo).

5

Por mi padre conozco que un día yendo mi abuelo en su coche de caballos acompañado de su mujer (mi abuela Flora), ésta le dijo al pasar frente al escaparate de una tienda de sombreros: “Abdón acabo de ver un sombrero precioso en esa tienda”. Mi abuelo, al saber dónde estaba, volvió solo y compró todos los sombreros de dicho escaparate, así seguro que acertaba con el que había llamado la atención de su mujer.

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De los tiempos de su estancia en Cuba y concretamente en el Batallón de Cazadores Alba de Tormes, he sabido lo siguiente por el prólogo que escribió ABDÓN en el libro “Consultas Médicas, Clínica y Terapéutica”. Autor H. Huchard, médico del Hospital Necber, de París:
“… este caso que me ocurrió a mí mismo en los campos de Cuba, durante mis penalidades en ellos como médico militar. A poco de incorporarme al batallón de cazadores de Alba de Tormes, en campaña por las márgenes del río Hanabana, acampamos una tarde, no distantes de dicho río, en un hermoso prado (allí se llama potrero), con hierba abundante para los animales, con “ojos de agua” cristalina para animales y personas, con árboles corpulentos y otros no tanto, y con manchas de matorrales o maniguas que nos prestaban aliviadora sombra. Hecho y comido el rancho, las fuerzas libres del servicio nocturno de avanzadas o vigilancia, se acomodaron en el húmedo suelo para dormir como mejor pudieron. Al alba se tocó diana y, al salir el sol, a reconocimiento médico. Un espectáculo tristísimo se ofreció a mi vista: más de la mitad de los soldados y clases se me presentaron con la cara y las manos hinchadas, llenas de vejigas con un contenido serosanguinolento, con fiebre, con vahídos y con una debilidad y malestar generales tan grandes, que les era casi imposible moverse: como que muchos de ellos vinieron a mí conducidos por sus compañeros. Y lo más triste era que así sabía yo lo que era aquello como sabía el chino. Un color se me iba y otro se me venía, y para disimular mi ignorancia absoluta, tomaba pulsos y pulsos sin decir nada y en espera de una inspiración que se tardaba, y cuya tardanza me iba por momentos poniendo en ridículo ante mis pobres clientes, casi todos quintos, y tan enterados como yo de las cosas de Cuba. El primer práctico del batallón, atlético negro nacido y criado en las cercanías, fue mi ninfa Egeria. Acercóseme sombrero en mano, y díjome todo compungido: “¿Ha visto el señó dotol cómo nos ha puesto el guao a la gente?”. Como un relámpago vino a mi memoria el manzanillo de La Africana, y vi claro que el guao sería una especie de manzanillo, cuyas exhalaciones irritantes habían sido las culpables de aquellos horrores. “Podía usted haber visto –díjele al negro- que había guao en el campamento”. “No pude verlo, mi amo –me contestó- porque salí de estampía en cuanto llegamos con la guerrilla en busca de reses, y volví de noche. Si su mersé me da unos cuantos, empezaremos de seguía a traer las guásimas”. “A ver, sargento: vaya usted con todos los practicantes y camilleros con el práctico, a traer guásimas”.

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Ordené entonces militarmente. Tampoco sabía lo que eran guásimas ni lo que el negro iba a hacer, pero es tan duro confesarse bruto de solemnidad, que esperé los acontecimientos, procurando ocultar mi turbación, así tan grande como mi ignorancia. El práctico, con la tropa, se dirigió a un  árbol no muy grueso ni muy alto, copudo, de hojas anchas, y encaramándose a él empezó a cortar ramas. Bajó luego y enseñó a los soldados a arrancar la corteza de las ramos, cosa en extremo fácil, porque el tal árbol, que entonces se llamaba guásima, tiene una sustancia subcortical, transparente, fluida, de la consistencia del jarabe, que fluye del tronco descorticado y de la cara interna de la corteza con relativa abundancia. Con esta susbstancia procedió el práctico a untar las partes irritadas por el guao en los soldados. Mas como los enfermos pasaban de doscientos, el uno era cuento de nunca acabar, porque la cantidad de savia obtenida no daba para tanto. Intervine entonces, ya tranquilo, con premeditación y alevosía, y encarándome con el negro, dije: “Mire, amigo, eso no se hace así: traigan los cubos del agua con agua hasta la mitad; llénenlos de cortezas cortadas en pedazos pequeños; déjenlos en infusión dos horas, y luego báñenme las partes irritadas de los muchachos”. El negro se quedó mudo de asombro al ver mi sabiduría; hiciéronlo así, y el accidente, que hubiera detenido al batallón en aquel campamento no sé los días, dejó de serlo a las veinticuatro horas. No he visto nunca efectos más rápidos ni acciones más eficaces que las de la baba de guásima (denominación del negro) contra la vexicación provocada por el guao, arbusto que luego conocí, parecido a los robles pequeños, y que nace, como ellos, en matorral. Ningún laboratorio químico-farmacéutico ha producido jamás nada semejante.

8

En el prólogo del mencionado libro “Consultas Médicas”, de H. Huchard, insertó este párrafo:

“En resumen, el libro de Huchard es un buen libro de clínica accesoria que muchas veces, muchísimas, se convierte temporal y transitoriamente en principal a la cabecera del enfermo, y que en las enfermedades infecciosas y por intoxicación, comprende casi la clínica fundamental. Es la clínica que yo procuro imitar a diario, solamente que tengo otra nuevecita: la de los días de fiesta. Empiezo de ordinario a tratar a los enfermos en lunes, pero acabo siempre el tratamiento en domingo”.

9

Del tiempo de Catedrático en la Facultad de Madrid reproduzco la petición de un microscopio hecha al Excmo. Sr. Decano de la Facultad de Medicina de la Universidad Central, dice así:
“Excmo. Sr.: para el diagnóstico cierto de la tuberculosis de localización pulmonar preponderante, a cuyo estudio y tratamiento pienso dedicar todo el curso actual, necesito un microscopio con objetivos de inmersión homogénea y los oculares compensadores correspondientes, provisto además de los aparatos de iluminación y concentración de la luz indispensables, así como el material  necesario para las preparaciones. Tenía un microscopio nuevo y bueno con todos sus accesorios, el laboratorio de clínicas fundado en cursos anteriores a petición mía; pero quien pudo (éste era Santiago Ramón y Cajal) dispuso que sin duda por ser más importantes las indagaciones histológicas, aquel microscopio pasara el laboratorio histológico, y que el jefe de éste proveyese de otro suficiente al laboratorio de clínicas. Remitió en efecto, el más viejo y más mal seguramente de la Facultad, con  un solo objetivo y un solo ocular que no se corresponden y sin aparatos de concentración de la luz. Es tal que no sirve para la observación más grosera, pues según todas las señales, su único objetivo está inútil. Ruego por tanto a V.E se me provea de un buen microscopio nuevo o usado, pero que sirva para las indagaciones diagnósticas, pues de lo contrario mis propósitos de enseñanza serán irrealizables. Dios guarde a V.E, etc.  Madrid 6 de Octubre de 1900. El Catedrático de primer curso de la Clínica Médica, Abdón Sánchez Herrero.

10

Con motivo de las enseñanzas impartidas sobre hipnotismo, que se plasmarían en su libro “El Hipnotismo y la Sugestión”, se observó que el tema representaba el golpe mayor al materialismo médico y aún filosófico. Por eso, voy a detenerme algo más en su examen: ante todo se ha de recordar que fue un periodo de lucha incesante por ser inadecuado el medio ambiente cultural en Valladolid para indagaciones de tal índole. El claustro de la Facultad era hostil de manera absoluta a dichas investigaciones y así, dos compañeros claustrales (los profesores de Patología general y de Fisiología) atacaron abiertamente a mi abuelo ABDÓN en la prensa local, censurando con acritud su actuación docente, y fue tal la resonancia que tuvieron dichos artículos en los periódicos, que el Rector de la Universidad llamó a su despacho a mi abuelo instándole a que abandonar los aludidos estudios, so pena de que se le instruyera expediente para ser separado del profesorado. Pero mi abuelo tuvo la satisfacción de que el cuerpo escolar se pusiera resueltamente a su lado, porque veían en él a un representante del progreso.

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Oída la amenaza del Jefe Universitario, mi abuelo ABDÓN respondió: “Sr. Rector, puede Ud. Adoptar la resolución que su conciencia le dicte, pero sepa que quien tuvo la voluntad y entendimiento suficientes para ganar una Cátedra, ganaría otra muy en breve.

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Sorprendido quedó el Rector al escucharle y no se atrevió a llevar a la práctica aquel propósito.

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La intromisión de la Iglesia en el asunto llega a hacerse muy directa, alimenta las hostilidades y obliga a los “señalados” a realizar escritos de descargo en los que, por encima de obediencias confesionales, denuncian lo intolerable de ciertas actitudes. Aludido mi abuelo en una carta pastoral sobre hipnotismo (del obispo de Madrid-Alcalá), le respondió  de esta forma: “Los obispos no tienen ni autoridad, ni competencia, ni delegación divina por virtud de su sagrado ministerio, para dar patentes indiscutibles de sabiduría humana, ni para colocar como maestros de las ciencias de este orden, a tales o cuales “herejes”.

14

Entre la documentación conseguida gracias a laboriosas indagaciones, dispongo de la lista relativa al funeral de mi abuelo:

“El coste del funeral del Sr. Sánchez Herrero (q.e.p.d.) asciende a 750 pesetas, de las cuales, los estudiantes abonan 500 y el profesorado de esta Facultad les auxiliará con las 250 restantes en la forma siguiente, advirtiendo que es cuota voluntaria”.

Empieza dicha lista con el Decano, que aportó 10 pesetas, al igual que todo el profesorado, entre el que se encontraba Cajal.

De labios de mi padre oí que al presentarse cierto día a un examen, cuando decidió estudiar la especialidad de otorrinolaringología, antes de empezar, tomó la palabra el Dr. Marañón, que formaba parte del tribunal, y dijo:
“Este señor que tienen ustedes delante, es hijo del famoso Dr. D. ABDÓN SÁNCHEZ HERRERO”, lo que llenó de orgullo a mi padre.